Protestas en Brasil

Foto: Crece la renta en Brasil, pero persiste la miseria social. http://folha.com/no1285489 (Foto: Tuca Vieira/Folhapress)

Muchos me escribís bastante preocupados, por las protestas que se han desencadenado estos días por todo el país. No tengo claro qué noticias os estarán llegando, pero para vuestra tranquilidad os diré que la ciudad de São Paulo no está siendo pasto de las llamas ni nada parecido.

Las manifestaciones se convocan con consignas pacíficas. Al parecer es difícil que los brasileños protesten por algo, pero está visto que cuando lo hacen tienen un estilo muy personal; de buen rollo, con música pegadiza, consignas humorísticas, bailoteos, cervecita, pinchos de barbacoa.. y a poder ser, en la playa de Copacabana tal y como sucedió el domingo pasado en Río de Janeiro.

Puede parecer que están de broma, pero creo que es su manera de hacer las cosas. Y me parece bastante constructiva. Los brasileños están muy enfadados con la corrupción de la clase política, y con el modo por el cual son elegidas las prioridades del gasto estatal y utilizados los recursos públicos.

Los episodios de vandalismo tienen lugar más bien en focos y momentos muy concretos y están originados por grupos extremistas radicales (son conscientes que con la Copa Confederaciones están ganando visibilidad) o por los clásicos delincuentes comunes que aprovechan el tumulto y la confusión para saquear comercios y robar a la gente, cosa que desafortunadamente en general aquí es bastante corriente.

Simplemente se trata de consultar dónde y cuando están convocadas las protestas para evitar verse envueltos en ellas y tomando las clásicas precauciones de sentido común a la hora de moverse, en principio no hay mayor ni menor riesgo estos días.

Dicho lo cual os contaré que esta ciudad es una jungla de asfalto y hormigón. São Paulo es conocida por ser el principal centro económico financiero de América Latina. Vida frenética y precios desorbitados. Atascos interminables. Casi veinte millones de personas.La vivienda es más cara que en Nueva York. La pizza es más cara que en Venecia. La ropa más cara que en París.
No os voy a mentir. La ciudad es fea, el centro histórico es territorio yonki y la polución se corta con un cuchillo. Pero presume de tener los mejores restaurantes y la mejor oferta cultural y nocturna del mundo.

No llevo tiempo suficiente como para emitir una opinión sesuda, pero así a bote pronto os diría que aquí huele mucho a burbuja; para poneros un ejemplo, en las tiendas, cada artículo, tiene expuesto su precio fraccionado en plazos. Una cena, un viaje, las deportivas, los abrigos, hasta el secador de pelo, o una vulgar plancha para la ropa se suele pagar a plazos con intereses astronómicos.

Por otra parte, echas un vistazo a tu alrededor y te encuentras que en el Séphora de turno te sirven copas de Moet Chandon rosé mientras te compras la laca de uñas y la mascarilla del pelo. Ves pasar cada mañana los cientos y cientos de helicópteros que usan los más acomodados para desplazarse y así evitar los atascos y un sinfín de eventos que evidencian la dolce vita  en versión a todo trapo.

En el otro lado del ring, y a escasos metros la apabullante miseria que resulta imposible describiros en toda su dimensión. Y no me refiero solamente a los numerosísimos guetos de infraviviendas más conocidos como favelas. O a la gran cantidad de personas que se ven en las calles recogiendo latas de refrescos para sacarse un dinero. Hay escenas que se quedan grabadas en la mente y que a día de hoy no soy capaz de digerir, como ver niños de muy corta edad, solos o en grupo, durmiendo y sobreviviendo en las calles, con la mirada perdida por el alcohol o el crack.

Hay demasiada gente sin nada y que por consiguiente no tiene tada que perder. Los delincuentes comunes, incluso los de poca monta, tanto niños como adultos, son portadores de armas de fuego. No es necesariamente lo normal, pero cualquiera está expuesto a que en cualquier momento en cualquier lugar y a cualquier hora te pongan una pistola en la cabeza para robarte, bien sea el coche, el móvil, o la cartera. La consigna es la de no oponer resistencia, y entregar todo pues la gran mayoría están bajo los efectos de las drogas o el mono y no les tiembla el pulso a la hora de disparar. Aquí la vida humana, vale muy poquito.

De ahí que la seguridad sea una obsesión y un gran mercado: lunas tintadas y blindajes para los automóviles, alarmas, escoltas, guardias de seguridad patrullando por los condominios. La oferta es de lo más extenso. De hecho, la casa donde vivimos ahora, es todo un fortín inexpugnable. Scanner biométrico, recepción, guardas de seguridad, vallas acristaladas… hasta el mismísimo Tom Cruise en plan Misión Imposible lo tendría chungo para entrar.

No puedo evitar preguntarme si toda esta parafernalia es realmente necesaria o es una simple espiral en la que el miedo alimenta el miedo.

Brasil es una de las principales economías del mundo y es integrante -junto a Rusia, India, China y Sudáfrica- de los BRICS, las naciones emergentes más poderosas del mundo. El Mundial de 2014 y las Olimpiadas de 2016 son parte de las banderas que la nación enarbola.

Pero para muchos brasileños, este aumento de las expectativas económicas no tiene ninguna relación con los resultados reales. A este escenario se suma la reducción del crecimiento económico y el aumento de la inflación, que ya comprometen el optimismo en relación al futuro característico de los diez últimos años. Veremos qué pasa.

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